viernes, 28 de septiembre de 2012

La trampa del fanatismo


Por Enrique Martínez Lozano
Mc 9, 38-48
Quiero empezar este comentario con una cita, un tanto extensa, del escritor israelí Amos Oz que, en un librito titulado Contra el fanatismo (Debolsillo, Barcelona 2005), escribe:
"La semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo" (p.22).
"La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar. El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto. De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto" (p.28-29).
Daba en el clavo también el físico Andréi Sajarov cuando decía que "la intolerancia es la angustia de no tener razón".
Tanto la intolerancia como el fanatismo ponen de relieve la propia inseguridad. Un yo psicológico no suficientemente integrado –debido, probablemente, a la falta de "apego seguro" en un adecuado contacto materno- se verá necesitado de "seguridades absolutas", que sostengan su precaria e inestable sensación de identidad. Por ello mismo, se verá incapaz de tolerar la discrepancia, por lo que tenderá a descalificar, juzgar, condenar (o empeñarse en "convertir") a quien no piense como él. Porque percibe toda diferencia como amenaza.
Esta amenaza es la que se esconde detrás de las palabras de Juan: "No es de los nuestros". Efectivamente, son "los otros" los percibidos como amenaza: porque al pensar diferente o adoptar un comportamiento distinto al propio, nos hacen ver que el nuestro no es el valor "absoluto", sino otro más al lado de tantos. Y esto es lo que una personalidad insegura se ve incapaz de tolerar, por la angustia que le genera la falta de seguridades "absolutas".
En esa necesidad de "seguridades absolutas", podemos detectar dos factores: uno sociocultural (evolutivo) y otro psicológico.
Por lo que se refiere al primero, parece claro que, en el estadio mítico de consciencia, el etnocentrismo es un valor incuestionable: el propio grupo es visto como poseedor de la verdad y del bien, y no hay nada que justifique la crítica al grupo ni la toma de distancia con respecto a él. En ese nivel de consciencia, lo que prima es la "cohesión", derivada del asentimiento ciego a las normas grupales, que da como resultado la concepción del propio grupo como un "rebaño". ¡Y ya sabemos de los riesgos que corría quien se atrevía a salirse del rebaño...!
En este estadio de consciencia, la seguridad del individuo corría pareja a la pertenencia al grupo. De un modo inconsciente, en aras de aquella seguridad, se sacrificaba cualquier discrepancia, porque se había renunciado al derecho a pensar por uno mismo: ¡todo fuera por la sensación de seguridad que aportaba la "homogeneidad"!
Conclusión: a una persona que está instalada en el nivel mítico de consciencia no se le puede pedir tolerancia para quien discrepa; su "nivel de consciencia" no se lo permite, ya que en ese nivel la discrepancia (como la libertad o la autonomía) no es reconocida como valor; ni siquiera puede verse como tal.
Desde el punto de vista psicológico, la cuestión de la intolerancia y el fanatismo se halla también vinculada con la seguridad. La seguridad –y, asociado a ella, el control- constituye una necesidad básica del ser humano. Mientras la persona no ha hecho experiencia de una seguridad firme que le sostiene, la buscará fuera de sí –proyectándola en un líder, un grupo o una institución-, o la situará en sus ideas, creencias o convicciones.
Cuando eso se produce, el sujeto inseguro no podrá tolerar que tal líder, grupo o institución sean puestos en cuestión; así como tampoco podrá permitir que sus ideas, creencias o convicciones sean criticadas. Le va en ello su propia estabilidad.
Por eso, a una persona con un yo psicológico tan frágil tampoco se le puede pedir tolerancia. Su pánico a la inseguridad se lo hace imposible. Con una ironía añadida: la persona que padece eso tipo de inseguridad que le hace ser fanática presume de seguridad e incluso de "verdad". Hasta el punto de que, para ella, quienes plantean una postura diferente son personas "a convertir", en la línea de lo expresado por Amos Oz.
La "salida" del fanatismo parece requerir, por tanto, una doble condición: por un lado, el paso del nivel de consciencia mítico a otro racional; y, por otro, experimentar una fuente de seguridad que se encuentra más allá de la mente (de sus ideas o creencias).
Es probable que, para que esto último pueda darse, sea necesario un trabajo psicológico, que otorgue a la persona una sensación interna de consistencia y de autonomía. Quien es capaz de "hacer pie" en sí mismo, relativiza también el carácter absoluto que había atribuido a las ideas y, a la vez, permite a los otros ser diferentes, sin que la diferencia sea vista como amenaza.
En la medida en que la persona pueda ir creciendo en esa sensación de confianza interna, que le hace ser autónoma, podrá abrirse a otra experiencia más honda: ya no buscará la seguridad en "objetos" (ideas, creencias...), sino en el Fondo mismo de lo Real, experimentado de un modo directo.
Quiero decir que, cuando somos capaces de acallar la mente, no evitar nada y permanecer en silencio, se nos regalará la experiencia de una seguridad de fondo, que se percibe de un modo directo, inmediato y autoevidente. Una seguridad de fondo que no es otra cosa que la misma y única Realidad, que nos sostiene y nos constituye en todo momento. Cuando eso se experimenta, se obtiene el regalo de la Libertad sin límites y de la Plenitud.
Y por retomar la queja de Juan con la que iniciaba este comentario: ¿quiénes son "los nuestros"?
Etnias, tribus, nacionalismos, religiones e ideologías de todo tipo han tendido a definir con claridad los límites que marcaban el propio "territorio", impidiendo que "los otros" se adentraran en él.
En el caso de las religiones, se ha ido incluso más lejos, al atribuir a Dios la demarcación de aquellas presuntas fronteras. Así se ha hablado de "pueblo elegido", "única religión verdadera", "única salvación"...
Frente a tal arrogancia (inconsciente e ignorante), quizás venga bien terminar con el chiste que el propio Amos Oz recoge en su libro.
"Alguien se sienta en la terraza de un café junto a un anciano, que resultó ser el mismísimo Dios. Al enterarse, se dirige a él con una pregunta que le había acompañado siempre: «Querido Dios, por favor, dime de una vez por todas: ¿qué fe es la correcta? ¿La católica romana, la protestante, tal vez la judía o acaso la musulmana? ¿Qué fe es la correcta?». Y Dios dice en esta historia: «Si te digo la verdad, hijo, no soy religioso, nunca lo he sido, ni siquiera estoy interesado en la religión»" (p.89).

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